En un artículo
publicado en la revista Newsweek titulado Why I Write Short
Stories, el gran cuentista norteamericano, Jonh Cheever,
da una serie de consejos útiles para aquellos que han elegido
convertirse -como él- en hombres-escritores escrupulosamente
leales a sí mismos y a su época. Uno de ellos consiste en
redactar un Diario que abarque por lo menos una semana y donde
aparezcan registradas todas las experiencias: sentimientos,
sueños, órganos ajustados, descripciones de la ropa holgada que
esta de moda, sabores de las botellas vacías o a vaciar, etc.
Otro, escribir un cuento en el que siete personajes que
aparentemente no tienen nada que ver aparezcan inevitable y
profundamente relacionados entre sí. Y otro, acaso el más simple
y difícilmente practicable de todos: redactar una carta de amor
como si se la estuviera escribiendo desde un edificio en llamas.
De los dos primeros, uno puede aprender un par de cosas acerca
de las posibilidades de la “mirada” literaria a la hora de
describir el mundo inmediato dentro del cual nos movemos; del
tercero, uno debería aprenderlo todo. La muerte, la propia, ha
sido a lo largo de los años el gran motor de los seres humanos
(artistas o no) y su presencia, su proximidad, en definitiva, su
posibilidad de hacerse efectiva, ha sido una de las mejores
“drogas” que nuestro cerebro ha sabido elaborar. La fuerza
creadora que despierta en nuestro interior ante tal posibilidad
es inédita por cuanto nos hemos despojado de los problemas
inmediatos y enfrentamos uno aún mayor: nuestra idea del yo.
¿Qué demonios me importa el mundo si ya he roto mis relaciones
con la vida? Obviamente, nada. Sin embargo, esta conducta que a
priori puede resultar extremadamente nihilista, está
llena de fe, simpleza y entusiasmo. Por cierto, la palabra
entusiasmo deriva de una palabra griega que significa “lleno
de theos”: lleno de Dios. Imaginémonos mirar a través de
los ojos de una persona que ha decidido suicidarse dentro de 30
minutos, que ya no duda y por sobre todas las cosas, que ha
dejado de hacer de su sufrimiento un redundante espectáculo...
¿Cómo veríamos el mundo? ¿Cómo sentiríamos la suave brisa que
entra por la ventana o la lluvia o el balanceo de los árboles?
¿Cómo respiraríamos? Cada objeto del universo se nos ocurriría
pleno de vida y de belleza... ajena. Nuestros sentidos serían
bombardeados a cada segundo y nos sentiríamos sumamente “vivos”
por la sencilla razón de que nos hemos dado por “muertos”. Ese
es -creo- el camino hacia un entendimiento superior, más cercano
a una profunda comprensión “espacial” antes que “temporal” de
nuestro paso por el mundo. El problema es que sólo
experimentamos tal estado de un modo negativo, “adolescente”. El
principio del siglo XXI será recordado en el futuro (si es que
tal cosa existe a juzgar por la terquedad y la estupidez
imperantes) como la época Jean & Young de la historia de
la humanidad: millones y millones de personas a lo largo y a lo
ancho del mundo tratando de conservar su toque “joven” y
“divertido” a cualquier precio; millones y millones de personas
tratando de parecer (y sentirse) “especiales” en un mundo que ya
no es ni “fun” ni “young” ni “especial” por la sencilla razón de
que su esencia ha sido “marketineada”. La “explotación” de la
imagen de la juventud no nace con el rock & roll, pero se
efectiviza con él. Podría hacer una lista tan larga como Chile
de tipos que harían quedar a Jim Morrison y a todo el equipo de
rockeros difuntos como unos “nenitos” hedonistas y caprichosos
que no entendieron nada y lo poco que entendieron lo entendieron
mal. Sin embargo, la palabra “ídolo” se popularizó con ellos,
fue “vendida” gracias a ellos y desde entonces cada nueva
generación de “jóvenes” sigue lookeandose de “joven” y
admirando a sus “jóvenes”. Lo gracioso es que la idea de la
“juventud” es una idea olorosamente “vieja” porque este mundo
(tal y como lo seguimos entendiendo) lo es. En lo personal, me
resisto a creer el discurso tanguero “vendido” durante siglos de
que “los mejores años son los años de la juventud”. Sólo alguien
que no ha superado la estructura mental propia de los
“adolescentes” podría afirmarlo. O este otro: “lo importante es
sentirse joven por dentro”. La misma mierda con diferente olor.
Sigue prevaleciendo una mirada miedosa y colectiva acerca del
mundo, una mirada valorativa ajena e impuesta con tanta sutileza
que nos hace creer que lo que pensamos surge de nosotros cuando
en verdad sólo somos sus tristes depositarios. El mundo ha
tomado un rumbo extraño: los países son “empresas”, los
habitantes somos “consumidores”. Si lo pensamos unos segundos,
el sistema democrático por el que tantas vestiduras se
desgarran, le debe más al Aloe-vera que a una mente consciente y
pluralista. Si un candidato (sea de donde sea) aparece
“desfavorecido” en un afiche porque se le notan mucho las
arrugas o las ojeras es muy probable que no haga una buena
elección. Salvo, claro, que sus asesores sepan “venderlo” como
“viejo pero no tanto”. Nuevamente la medida de la juventud:
viejo pero de espíritu joven: maquillaje pero no tanto. La idea
de la belleza (y la de casi todas las cosas) que manejamos en
occidente es por demás adolescente: la “fama y el éxito” no es
más que el viejo deseo de aceptación y el “dinero” no es más que
detentación de algún poder. ¿Cuál es la diferencia que existe
entre Bush y el pistero “Coco” que se pasea en un auto
“tunniado” los sábados por la noche? El objetivo: uno se quiere
levantar a una minita de 17 años y el otro se quiere levantar a
un mundito de 17 años. Uno sube el volumen de sus superparlantes
y el otro redobla los bombardeos en Irak. Son lo mismo y todos,
en mayor y en menor medida, somos ellos: adolescentes
inseguros que encuentran en la “adultez” la mejor manera de
canalizar su crónico infantilismo. Remington Kid es una figura
nacida en los continentes de la infancia bajo el signo de la
tenue luz invernal de las horas de la tarde...
¿Los Jóvenes?
...Durante mucho
tiempo estuve escribiendo una larga carta de amor desde un
edificio en llamas. Pero las llamas se apagaron y el edificio no
se derrumbó. Aquello que me hería ha sido “curado”. Hoy otras
son las heridas que me aquejan, pero mi ánimo es acaso menos
exhibicionista y más complejo. Estoy convencido de que esto
recién empieza. Durante un año me moví frenéticamente dentro de
una pecera y creí firmemente -como todos- que esos pocos
centímetros cúbicos de agua eran el universo. Pero... miren a su
alrededor; vean a sus padres y a los padres de sus padres y
véanse a ustedes mismos. ¿Cuál es la diferencia? El agua. Las
peceras son siempre iguales y dentro de ellas habitan siempre
las dos mismas clases peces: los que pueden imaginar el agua y
los que no. Basta con echar una ojeada a cualquier libro de
Historia para notar rápidamente esta diferencia. La mayoría de
nosotros vivimos nuestras pequeñas vidas con los límites bien
marcados. Eso es una sociedad -cualquiera que ésta sea- y por
esa sencilla razón funciona. Es la mayoría quien decide cuáles
son las zanahorias que el burro debe perseguir. Y tu abuelo y tu
padre y vos siguen siendo el burro detrás de la zanahoria. Por
supuesto, la zanahoria no siempre es la misma y su apetencia
funciona en tanto y en cuanto el burro siga siendo burro,
en tanto la pecera siga siendo el universo. Occidente está
enfermo y Oriente sólo quiere infectarse. Ser “joven” es la
nueva “tierra prometida” y el “paraíso perdido”. Vean un
comercial de TV -cualquiera- y luego cuéntenme. Es sumamente
gracioso-patético-triste que en un momento histórico como el que
estamos atravesando en el cual la expectativa de vida a
aumentado, existan chicos y chicas que al promediar los veinte
años ya se sientan “cansados de la vida” porque los medios así
lo dictaminan. Y ellos obedecen. Siempre que veo a esa bella e
inclaudicable especie llamada jóvenes (es la primera vez
que escribo la palabra “jóvenes” excluyéndome concientemente sin
sentir pena por mí) recuerdo aquellas escalofriantes palabras de
Dutch Shultz: “... ¿Los jóvenes? Esos no saben lo que
es llorar ni pasarse la vida corriendo...” He ahí una
tragedia de pantalones largos, una tragedia de océano.
Escenas
Infantiles
Aún cuando la frase
anterior impacta por su tono escéptico, da la sensación de que
fue dicha entre dientes y ante un auditorio de deliciosas
púberes ávidas de aventuras literarias: viejas palabras
neuronalmente masticadas para luego ser escupidas ante el
deleite de las “nenas” que lo rodeaban y el fastidio de los
“nenes” que lo admiraban... Como sea... Nunca fui joven ni lo
volveré a ser. Es una frase graciosa pero que tiene algo de
verdad. Al inicio de estas “curitas” escribí que a los 16
escuchaba a Glenn Miller y a Wagner con total
identificación y, en retrospectiva, la actitud me resulta más
“punk” que la de mis amigos que escuchaban “Death Kennedys”
y se vestían y gesticulaban copiando la foto de revista que
tenían pegada en su cuarto (no en su “pieza”). Yo estaba
totalmente afuera y no ellos. Ya en aquel entonces sufría sus
embates de “viejo reaccionario” porque eran unos pendejos-viejos
reaccionarios que veían el mundo como una prolongación de sí
mismos y no al revés. Eran igual que sus abuelos. Por estos días
inciertos siento que nada a cambiado y que el mundo sigue siendo
tan absurdo y adolescente como cuando empecé a asimilarlo. Y yo
no quiero ser más absurdo y adolescente: quiero tener sentido y
ser peligrosamente “adulto” al modo nietzscheano: “...El
hombre -escribió- es el puente entre el simio y el
superhombre”. Obviamente, estoy frito. Lo mejor sería
mantenerme en la línea hombre-adolescente y creer que la
“adultez” es comprar un vino tinto caro e ir a cenar con amigos,
casarme y babosearme con pendejas de 15. Cosa que me encanta,
pero... siempre pienso en un mundo que no encuentro por ningún
lado, en un mundo no ya plural sino “propio”. Supongo que recién
ahora empiezo a estar preparado para hacer esa “novela” que va y
viene por mi mente y que me entusiasma griegamente. En un punto
deseo zambullirme a escribir y no parar hasta encontrar esa
nueva tierra firme que puedo intuir (...poor, poor, little,
little romantic... -diría mi querida Noe mientras toca en el
piano algunas Escenas Infantiles de Robert Schumann)
y no nombrar. Aún.
Cartas de Amor
de un asesino serial en potencia
A lo largo de mi
vida he ensayado decenas de cartas de amor, de las cuales, sólo
unas pocas concluyeron el ciclo epistolar con éxito. La mayoría,
junto con manuscritos y papeles inútiles, han sido redimidas por
el fuego. Todos los años hago mi “fogata” de limpieza en un
campito que queda a una cuadra de mi casa y me siento más
liviano al ver cómo el fuego destroza implacablemente aquellos
torpes e ingenuos intentos de belleza. Siempre he pensado que si
estuviera completamente loco, yo sería un buen “asesino serial”.
Me gustan los rituales, los símbolos que habitan nuestras
acciones: todos tenemos una manera ideal de morir o ser
asesinados con “belleza”. El crimen es una de las formas más
puras del arte, pero, lamentablemente, nos tocó vivir una época
donde los verdaderos artistas escasean. Sólo han quedado
pequeños rateros. En fin... volviendo al tema de las cartas de
amor creo que en el fondo es lo que más me gusta hacer. He
pasado largas horas escogiendo palabras y probándolas como si
fueran camisas y corbatas que deben hacer juego con el color de
las medias y de los pantalones. Todo debe “hacer juego”. Es una
pena que esté perdiendo el gusto por vestirme bien y que cada
día esté más y más y más desaliñado. Supongo que es pasajero.
R.I.P, R.I.P,
REMINGTON!!!
Creo que ya es
tiempo de dejar de recolectar piedritas en la orilla del mar y
empezar a caminar hasta tener el agua hasta el cuello y ya no
sentir el fondo bajo mis pies. Suena un tanto terrible, pero es
todo lo contrario. Después de un año de haber publicado
semanalmente estas “curitas” ...como decirlo... el agua de la
pecera comenzó a apestar. La primer “curita” que escribí fue
Fotocopia de 10 ctvs y estoy sumamente satisfecho (no
literariamente sino espiritualmente) por haber trasladado a
palabras las curiosas emociones de aquellos días. Hace poco la
releí siendo ya otro y no pude dejar de pensar en una guitarra
distorsionada y furiosa a todo volumen tocada para nadie en la
completa soledad de una casa suburbana. Eso era. Un alarido
contra el mundo desde un acantilado en plena tormenta, un
reclamo de belleza y honestidad a “algo” o a “alguien” fuera de
este mundo, un pedido incomprensible, una súplica arrogante, una
torpe patoteada a los dioses de las respuestas. Allí comenzó
esta larga carta de amor escrita desde un edificio en llamas
destinada a todo aquello que está irremediablemente vivo. Esta
es la imagen que se me viene a la cabeza de aquella tarde de
domingo: los ojos llenos de lágrimas y mis dedos hundiéndose
como pica-hielos sobre el teclado, amenazado y poseído por la
belleza y el horror de sentirme con vida en un planeta que latía
bajo mis pies. La tierra me mordía. Nunca antes había estado tan
“despierto” a la vida y a sus movimientos como en aquellos
instantes. Pero eso ya quedó atrás. Uno no debe ser su comida
favorita porque tarde o temprano termina pudriéndose y
convirtiéndose en un gusano que se autocomerá eternamente. Eso
es lo que sentí hace poco, en la Bien! n° 2 que hizo la
gente de Pistilo Records. En algún lugar escribí que la
vida suele ser una pésima novelista puesto que carece de ritmo y
oportunidad literaria. Tal vez sea así. Tal vez no... lo cierto
es que las “curitas” comenzaron con la crónica de una fiesta y
terminarán con otra. Si alguno no la leyó o no la recuerda se lo
refresco: la curita n° 1 se llama “fotocopia de 10 ctvs” y
relata un desencuentro del tipo amoroso. En ella se habla
puntualmente de dos personas (original y fotocopia)
y de su consecuente revelación como tales. Una, el original,
la vi hace poco y aún me sigue resultando “luminosa” y le deseo
que lo siga siendo y, que esté donde esté, no se apague; la
otra, la fotocopia... en fin, he sido muy cauteloso en no
encontrarla durante todo este tiempo. Como sea...estaba en la
fiesta algo borracho y drogado, pasándola relativamente bien y
hablando con mis amigos en el parque y ...adivinen quien bajó de
un remise. Correcto. La fotocopia. De inmediato se me subió
Remington Kid a la cabeza y comencé a putear y a querer que se
fuera. Les recuerdo que estaba algo “loco” y ya se sabe... en
fin .. por suerte estaba cerca de Uno y lo escuché y
pensé. En ese momento me di cuenta de que mi problema no era
específicamente con ella, sino (como siempre) conmigo.
Remington Kid había sido un lugar seguro durante todo un
año, un lugar definido y parcelado que no debía ser justificado
ni nada eso. Pero Remington Kid ya estaba muerto. Y ya se
sabe el apego que tenemos por nuestros muertos. Haciéndola
corta: luego de un par de Rodeos fui y la saludé y
mágicamente se acabo el problema. No fue tan fácil como suena.
Yo era dos personas luchando por ver quién se quedaba en mi
lugar. Si el que había sido o el que soy ahora. El pasado o el
Presente: mañanaaa es mejoooor... Dudo que alguna vez
pueda tener algún tipo de charla amable con la “fotocopia” (es
claro que Remington Kid ha muerto: ya no me siento tan cómodo
llamándola así). Por el contrario, sé que en algún momento voy a
cruzarme nuevamente con el “original” y hablaremos de nuestras
cosas y nos seguiremos despidiendo siempre por última vez. Acaso
ese sea nuestro destino. Acaso ese sea el destino de todos.